Cinco minutos pueden parecer insignificantes, pero en cuestión de segundos, podemos pasar de la risa a la tristeza, del amor al enfado, de la alegría a la frustración. Cada imagen despierta una emoción distinta, y apenas tenemos tiempo de procesarla antes de pasar a la siguiente. En esta obra, los rostros de distintos colores representan esa sucesión de emociones que experimentamos mientras hacemos scroll. Las caras se fragmentan y se entrelazan sobre una pantalla rota, como si cada una contuviera una pequeña parte de todo aquello que vamos sintiendo. Cinco minutos se convierten en treinta y, al levantar la mirada, la atención se dispersa y queda un extraño vacío, como si hubiéramos sentido demasiado sin llegar a detenernos en nada. Una reflexión sobre nuestra relación con las redes sociales y sobre cómo, entre tantos estímulos, emociones e historias ajenas, podemos acabar perdiendo momentáneamente el foco y la conexión con nosotros mismos.